ALFONSO (I)
¡Qué fria esta muerte tuya de acero y sangre,
qué fria esta muerte
de silencio hecho pedazos,
chirrido de hierros, el sollozo
último
y solo!
Arropado con los leves tules de las làgrimas
te enmarcaron la pena paralelas de metal,
esas que se unen en el infinito
hacia el que, decidido, te acabaste.
¡Qué frío el páramo donde vivías,
donde morías,
qué frío ese desierto que acechaba
en la esquina de tu sonrisa!
¡Cómo arde ahora la memoria, cómo quema
tu ausencia, cómo duele tu dolor
que se nos prolonga como un eco,
como un eco
que no se apaga!
Te miré
y no te supe ver la despedida
en tu mirada.